Tekó Kaví: el punto de vista guaraní 

Una de las formas de resistencia al paradigma indígena, es criticar el dizque aymara-centrismo de los kollas y sostener que los otros treintaitantos pueblos indígenas, de Tierras Bajas, tienen cosmovisiones totalmente diferentes. La diferencia, empero, es la misma que hay entre, por ejemplo, la cultura española, la suiza o la rusa; son diferentes en el estar, no en el ser, marcado por el monoteísmo abrahámico. Los guaraní, como todas las culturas animistas, basan su punto de vista en la paridad; por tanto, en la polaridad; es decir, en la oposición y la complementariedad; con otras palabras, en la reciprocidad.

 

En lo que sigue, me inspiraré y seguiré el libro de Bartomeu Melià, Ñande Reko. Nuestro modo de ser, La Paz, CIPCA, 1988. Así, pues, como ya sabemos, ñande reko significa “modo de ser y estar”: sistema, costumbre, hábito, cultura. Ahora bien, el buen vivir es un estilo de este modo que los guaraníes bolivianos llaman tekó kaví: “el buen modo de ser y vivir”. De entrada quisiera llamar la atención sobre los diferentes sistemas metafóricos que subyacen a los lenguajes. El nuestro es ontológico, abstracto, envuelve las experiencias en forma de ideas de cuño platónico: los substantivos abstractos. Somos esencialistas ab origene; tanto si lo queremos como si no. No es el caso guaraní. Tekó kaví menta una experiencia sentida, una vivencia compartida: una Erlebnis que penetra y anima, por así decir, el “estar-con-los-otros, tanto-humanos-como-no-humanos”.

Melià, en otro lugar, comparte el significado de la expresión tekó kaví a partir de su propia experiencia. “¿Qué hay en él?” se pregunta y responde: “Hay pobreza de recursos, moderación en el consumo y paz en la convivencia. Esta experiencia de vida va desde el levantarse de la hamaca, tomar el mate junto al fuego, sentir como se disipa la niebla de la primera mañana, ir recorriendo el sendero donde se han colocado las trampas o llegar hasta los campos de cultivo, para cuidarlos, limpiarlos y rezar sobre ellos”. Es obvio que esto, ya no es posible en la ciudad, como hubiera dicho Mario Torres. De Entzauberung der Welt: desencantamiento del mundo,  calificó Max Weber a esta alineación, por la Palabra del Padre, del Cuerpo de la Madre. Este desencantamiento, robo de su magia y hechizo, empieza con la expulsión del Pardés  edénico, crece pari pasu la urbanización del mundo, madura con la modernidad y llega a su insoportabilidad con la globalización; por eso atrae, hipnóticamente: no críticamente, el motto Vivir Bien.

 

Ahora bien, como la estructura simbólica básica es la paridad, el buen vivir guaraní no puede no estribar en la reciprocidad; en primer lugar, el intercambio de bienes, no regida por deudas ni intereses, sino por la generosidad: lo tangible: jopói: manos-mutuamente-abiertas y, en segundo lugar, por la reciprocidad de palabras: labios-oidos-mutuamente-abiertos, por así decir: lo intangible: el otro sentido de jopói. Como en el aymara, un quantum conceptual compuesto por la circulación de los bienes: función Partícula y las palabras, función Onda.

 

Ahora bien, he aquí que el lugar privilegiado de la palabra es el tekó marangatú, el modo de ser hierático, expresado, por un lado, mediante las palabras ejemplares de los Mitos y, por el otro lado, mediante el canto y la danza sagradas de los Ritos. Ambos, mito y rito, constituyen el  lenguaje envolvente en el que participa toda la comunidad “en espiral ascendente” hacia el universo paralelo de “Los de Arriba”. En la Fiesta: Tercero Incluido de esos quanta conceptuales y momento sacramental de su economía, no faltan la bebida y los alimentos con los cuales se cierra la lógica del dar-recibir-devolver: la reciprocidad. Se celebra, pues, la homeostasis del sistema. Buen vivir, por tanto, es el Efecto del equilibrio de las energías antagónicas. Nada más lejos de la unilateral acumulación capitalista.

 

El tekó kaví, nos cuenta Melià, también contiene otro elemento que lo sustenta: es el tekó katú, el modo de ser legítimo; por tanto, pues, la ley del buen vivir. Todo ello, sugiere Melià, constituye una verdadera filosofía y teología. Profetas y poetas, en el acto de cantar son también teólogos, que saben explicar el origen de la Palabra y las relaciones de las palabras entre sí. La teología de la palabra-alma supone, por así decir, la filosofía de la morada-cuerpo, “como trasunto imperfecto de una perfección ideal”: la tierra sin mal, que se anticipa en la comensalidad de la Fiesta.

 

En la percepción guaraní, la tierra habitada por los humanos es concebida como tekohá, lugar-de-vida-y-convivencia-con-todos-los-seres que hay en ella. Ñandé rekohá es el lugar donde florece “nuestro modo de ser” y, por tanto, nuestra cultura. La estructura fundamental del tekoha está compuesta por tres espacios que facilitan formas de con-vivencia con la tierra: 1. el monte preservado como lugar de caza y pesca; 2. el monte cultivado para la horticultura y 3. la aldea: la casa como espacio social, religioso y político, donde se concentra la convivialidad multinivel. La palabra tekohá por tanto, implica, al mismo tiempo, relaciones económicas, sociales, políticas, ecológicas y religiosas, de tal manera que “sin tekohá no hay tekó”: sin “lugar del ser” (Qama en aymara) no hay “modo de ser” (Qamaña).

 

Los amerindios necesitan la tierra, con toda su biodiversidad, para poder vivir con plenitud. La tierra, para los guaraníes, es como un cuerpo cubierto de piel y pelambre y revestido de plumas multicolores: de adornos. Es un ser vivo que se ve, se toca, se huele, se oye: se siente. Melià trae a colación un repertorio que lo explicita sugerentemente: el monte es alto: ka’á yvaté; es grande: ka’á guasú; es lindo: ka’á porã; es aúreo y perfecto: ka’á ju; es como llama resplandeciente: ka’á rendy; es la cosa brillante: Los ríos son claros: y satĩ; blancos: y morotĩ; negros: y hũ; bermejos: y pytã; o como una corriente de agua coronada de plumas: paragua’y. El mar es, en fin, el color de todos los colores: pará. Todo esto ¿no nos recuerda, acaso, al Cantar de los Cantares, a la poesía de Yehudah Ha-Levi, Fray Luís, Juan de la Cruz y, antes, Francisco de Asís? La vida buena, la vita beata, es semejante por doquier. Pertenecemos a una misma humanidad. La gran diferencia es que unos: los monoteístas, fuimos expulsados del Jardín: rompimos las amarras emocionales con el entorno y los otros: los animistas, (todavía) no.

 

El principio de Relacionalidad, cultivado por los pueblos animistas y postulado por los físicos cuánticos, se expresa, en el caso guaraní, en el Mito de los Gemelos. ¡Paridad! En la versión apapokuva, se destaca la interrelación entre la tierra y la humanidad:

 

“Ñanderuvusú (Nuestro gran Padre) llevaba el sol en su pecho.

El trajo la cruz originaria (yvyrá joasá), la colocó en dirección al Este,

pisó encima y ya comenzó a hacerse la tierra.

La cruz queda hasta el día de hoy como soporte de la tierra.

En cuanto Él retire el soporte de la tierra, la tierra caerá.”

 

El Sol: kuarahy, es una palabra sagrada que alude a la manifestación de la sabiduría  divina, como fuente de luz para que los seres humanos puedan llegar a vivir con plenitud. Los cuatro puntos cardinales son recordados en los cuatro extremos de la cruz, yvyrá joasá, como en la chakana andina y en la cruz cristiana. La cruz, no antropoformizada (caso cristiano) significa equilibrio ecológico, social y cósmico, que se consigue mediante la reciprocidad: la lógica del dar-recibir-devolver. Con otras palabras, el mundo: el universo, es mantenido en equilibrio por la reciprocidad. Equilibrio implica no-desarrollo. Para que haya desarrollo hay que romper el equilibrio: la mutua relativización de la paridad. Por eso el capitalismo implica la ruptura del equilibrio, pues  se basa solamente en una polaridad: el coger: pillar, despojar, arrebatar para acumular. Aquí, tenebrosamente, se revela la teleología del haber roto la paridad para instaurar la unidad.

 

Todo ha sido creado para vivir en una Tierra sin Mal. Ahora bien, si la tierra se llena de males, los guaraníes deben dejar ese lugar y volver a ponerse en marcha para volver a buscar la Tierra sin Mal. No es de sorprender, por tanto, que la cultura guaraní haya creado todo un ethos del caminar que llaman oguatá. El caminar está relacionado  con el Mito: con la Palabra, que  se actualiza en el Rito: la Marcha que, en la Bolivia contemporánea, se expresa en sus célebres Marchas por el Territorio y la Dignidad, antes, y, ahora, por el TIPNIS, de una gran eficacia política, como sabemos: nos trajo la nueva Constitución

 

Ahora bien, esta itinerancia hunde sus raíces en la Economía guaraní que tiene dos vertientes; por un lado, la horticultura: el chaco, hardware, ya que después de 5 o 6 años de plantación, la tierra se gasta y, por otro lado, con las consecuencias de ello: el deterioro de la convivialidad, software, por la escasez. Entonces surge un profeta que les exhorta a ponerse de pie y marchar hacia una tierra sin mal. El caminar, kinesis energética, rebobina la matrix del sistema guaraní: el ñande reko. No sólo eso: pone en escena el todavía no; (semejante al Noch nicht de la utopía blochiana)  y el ya (semejante al de la escatología cristiana), pues la tierra sin mal, se alcanza al restablecer la Reciprocidad. El mal es la ruptura de la reciprocidad.

 

La itinerancia dispara los valores éticos. En el caminar hacia la Tierra sin Mal, en efecto, se vive con lo estrictamente necesario para  suscitar y fortalecer los vínculos comunitarios mediante la práctica de la reciprocidad, favorecida por la necesidad. El compartir de los bienes genera un Tercer Incluido, intangible, que podemos llamar conciencia espiritual que les ilumina en la búsqueda de la plenitud de vida. Este Efecto cuántico lo podríamos llamar el “Buen Vivir” guaraní

 

Ahora bien, al igual que los aymaras, según nos lo cuenta Mario Torres, la Colonia y la República han privado a los pueblos guaraníes de sus selvas, han traído la deforestación a sus montes y el veneno de los agrotóxicos a sus ríos. El tekó kaví se ha tornado tekó vaí, un mal vivir insoportable, para el que no hay palabras. Aquella tierra, que todavía no ha sido traficada ni explotada, que no ha sido violada ni edificada, simplemente, ya  no existe más. Todo se vuelve campo y el campo es reclamado por el blanco para sus vacas y para plantar soya. La tierra se ha vuelto mba’é meguã: algo malo que lo cubre todo. A pesar de todo ello, la nueva Marcha por el TIPNIS muestra elocuentemente que la búsqueda de la Tierra sin Mal: yvy marane’ỹ, para poder vivir bien: tekó kaví, sigue en pie con la energía suficiente para volver a energizar la sociedad boliviana.

 

Reflexión final. La urbanización y ruralización del mundo ya no permite la Qamaña, sólo la Jakaña. Ya no la yvy marane’ỹ, solo lo mba’é meguã ¿Se puede, entonces, elaborar una política pública sobre algo que pertenece a la esfera de lo privado y/o la negatividad?

 

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